A Aguas de Busot -Aigües- subo en bici desde que estaba en el
instituto; de eso hace bastante, la verdad. Esta vez lo hice por la montaña. Antes, a las siete y poco de la
mañana, me adelantó un francés de más de sesenta años, bici impoluta y gafas de
intelectual. Le cogí la rueda y me puse a su lado a charlar un rato; me encanta
cruzarme con gente mayor en bici: llevan años sobre ella y suelen estar más
fuertes que yo. Saben lo que significa la constancia, el respeto y la nobleza.
Hoy incluyo por primera vez fotos de lesiones, heridas de guerra.
Cómo ha quedado la señal de los dientes del plato sobre la parte trasera de mi pierna, a la altura del tendón de Aquiles, me gusta mucho; me recuerda a un tatuaje. El bodegón
en la mesa del bar no tiene desperdicio.
Y el Limón Exprés en vía muerta es un documento de valor
inigualable para entender cómo funciona nuestra sociedad. A su vez me sirve para inaugurar una nueva categoría que, mucho me temo, irá engordando a buen ritmo, la de los esperpentos y astracanes.








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