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humedad relativa

El verano, que se prometía tranquilo, se tornó tempestuoso por mor de la humedad relativa, ese intangible que todo lo gobierna y todo lo influye.


La primera es de cómo uno trasporta como puede, valgan las metáforas. Flores para mamá, sin metáforas. La foto de J. V. que por allí pasaba.
La segunda, de cómo algunos consiguen lo que yo no: meter su bici en el mercado central de Alicante y hacer la compra con ella. Coincidimos en el mismo puesto. De Alemania vino en ella, me dijo el verdulero. Un solo plato y tres o cuatro piñones. Quería venir en bici el hombre y ya está. Querer.
La tercera es de P., con el que coincido a menudo a las puertas del templo. Junto con la Zeus, es la única que queda con asiduidad por estas calles de aquellos años. Quedaba una más, pero al pobretico mío se la robaron hace poco y él se quedó sin bici y yo sin fotografía.
La última, con el objeto del delito por montera. El vaso de los mojitos del último caballero Jedi.




el principio de los días de playa

Roja y negra, con sus guardabarros. Sombrilla. Helado de yogur con fruta. Granizado de mango con maracuyá. Tienda de playa. Bebés en piscinas hinchables al borde del mar. Siesta bajo sombrilla. Cafetería frente al azul. Capellán. Pericana. Pulpo seco. Olivas amargas. Aceite y barquitos.
Durante unas horas quedamos suspendidos en el limbo de la felicidad.


La anterior se la robaron de dentro de su propia casa. Sic. Esta se la ha regalado su marido. Sabe lo que hace.
Cuando se fue aún no había caído la tarde del todo. El mar había tenido dos tonos inmiscibles.

los ladrones ya no dejan una sota de corazones en el lugar del delito, o cómo Rocambol dio lugar a rocambolesco

El mundo del candado aún no había hecho su aparición en este cuaderno. En realidad, el mundo del robo de las bicicletas. En la foto superior aparecen los dos que me han acompañado durante años en la Zeus, esta vez llevada por las manos de P. En la inferior, cómo quedó el azul tras una rocambolesca historia que acabó con la policía cortando el candado y trasportando la Zeus en una grúa al depósito de coches. Allí me fui a recogerla; apoyada en una farola me miraba diciéndome, entre compasiva y reprobatoria, cómo has dejado que acabe aquí. Llovía y habían pasado casi veinticuatro horas desde que la até a la base de unos andamios de rehabilitar fachadas, zona del mercado central en Alicante, y más de doce desde que la policía cortó uno de los amarres para liberar, y aquí viene parte del surrealismo del asunto, ¡el andamio!
A día de hoy, al negro lo acompaña un candado de los de "u" de las buenos que presentaré en otro momento con glosa de por medio. Siempre he confiado en la bondad de los extraños y en el efecto disuasorio de un buen amarre para los amigos de lo ajeno.